miércoles, 21 de enero de 2009

No me gusta el músculo

¿Es realmente necesaria la figura de un centrocampista defensivo en el esquema de cualquier equipo de fútbol?
¿Es tan imprescindible su presencia como la de la sal en la cocina?
¿Se vaciarían los campos si los Makeleles, Vieiras y Diarras desaparecieran de las alineaciones titulares?
¿Dejarían los jóvenes y jóvenas de comprar las camisetas de sus ídolos?

Dicen los entendidos en esto del balompié (argentinos todos ellos, por supuesto), que un mediocentro defensivo da equilibrio a un sistema.
Júntense las puntas de los dedos índice y pulgar para formar un círculo y llévese, a continuación, hacia la boca, orientando los labios, que deben formar una O, alrededor de la lengua para, con suma delicadeza, proceder a emitir el sonido clásico de las palomas torcaces en época de celo... prrtz.
El equilibrio en el fútbol significa un empate y, si puede ser a cero goles, mejor para estos amantes del músculo.

Si un sistema requiere que un tronco que no sabe dar dos patadas seguidas al balón sin caerse al suelo, esté sobre el campo, ese sistema no me convence.
Basta ya del rigor táctico, la cuadratura del círculo, la importancia del saque de banda en la vida moderna o el diámetro de las medias para que la longitud de la zancada sea la óptima.
El fútbol no es tan complicado como los gurúes (sí, también argentinos) pretenden hacernos creer.
En el fondo, es tan sencillo como siempre hemos sospechado.
Cuando los mejores se juntan en el campo, ganan los partidos en el 99% de los casos porque se dedican a meter un gol más que el rival.
En el 1% restante triunfa el músculo, el tedio y el sopor.
Y el fútbol deja de ser un espectáculo y se convierte en un remedio contra el insomnio.

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