jueves, 15 de enero de 2009

Cuando los dinosaurios dominaban la tierra

Me invade la nostalgia, igual que los hooligans ingleses invaden las calles de Benidorm en cuanto asoma el primer rayo de sol-uoh-oh-oh, cuando echo la vista atrás y pienso en los años ochenta, auténtica década dorada del fútbol que forma parte de la memoria de los que, como un servidor, nacimos, con perdón, en la década de los 70.
Pero cuando hablo de los fulgores áureos (¿se puede escribir áureo en un blog?), que nadie piense en jugadas espectaculares, goles imposibles o paradas impactantes.
No.

Me refiero a esos directivos de los ochenta, que tenían la honradez esculpida en sus rostros.
Esos truhanes y señores y su pintoresco código de conducta, ése que caracteriza a los golfos.
Poseedores de un carisma arrollador, el mismo que provoca que los demás sintamos, de manera ipsofáctica, una simpatía irrefrenable hacia estos seres, meneando la cabeza sin poder parar de sonreír, musitando un "hay que ver qué hijoputa es, pero qué gracia tiene".

Porque, aunque queramos negarlo, el ser humano necesita (necesitamos), ídolos y referentes.
Símbolos que nos ayuden en los momentos de flaqueza.
Espejos en los que mirarnos, para no perder nunca el norte.
Líderes que nos recuerdan, como visionarios que fueron, que el fútbol puede ser algo hermoso.

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